25.11.09

Día a día

No quiero convertir este blog en una especie de diario tipo "Doctor en Alaska", pero a veces es inevitable. Si una bitácora es, en buena parte, una especie de libro de registro de la vida, ¿cómo no dejar constancia de los días aquí, en este pueblo olvidado (afortunadamente) de la mano de dios?

El lunes di una fiesta en casa. Era el cumpleaños de un compañero y me ofrecí para que se celebrara allí, y así de paso me servía de inauguración "oficial". Lo pasé muuuuuy bien. Vinieron una docena de personas y nos pusimos todos en el salón, que es amplio. De paso encendí por primera vez la chimenea y, sorpresa, la madera ardió bien y pronto (era de encina).
Comimos, bebimos -sobre todo-, risas, charlas, un poco de guitarra, un poco/bastante de música... me encantó. Cuando todo el mundo se fue, me quedé sentado en un sillón contemplando el jaleo de sillas y mesas ahora vacías. En la cocina me esperaban multitud de platos y vasos para lavar pero, ¡ah!, era feliz, me sentía feliz.

De vez en cuando me tomo unos segundos para darme cuenta de donde estoy. Lo hago sobre todo cuando me encuentro en la sala de profesores, como ahora, y me pongo a repasar material, o ejercicios... es entonces cuando desconecto de repente y digo, ostras, que soy profesor. Cuántas veces, al ir a dar mis talleres a los institutos, me sentaba en las salas de profesores, a esperar, y los observaba en su trajín diario... me sentía ajeno, pero esperanzado en llegar a ser yo también como ellos. Ahora lo soy, y no olvido agradecer (a la vida, a mí) haber podido luchar por un sueño y haberlo conseguido. Es agradable, pese al día a día que siempre lo relativiza todo. Pero era mi sueño y, por ahora, aún no he despertado.

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21.11.09

Breve descripción de los hechos (o las tribulaciones de un cordobés en Cádiz)

  • Varios días atrás: creciente dolor y escozor en un ojo, que se pone de un rojo bermellón que asusta.
  • Viernes día 13: cita con el médico del pueblo. Recomienda aintiinflamatorio en colirio.
  • Martes día 17: el ojo empeora, nueva visita al médico tras dos horas de espera pese a tener cita. Ahora descubre una conjuntivitis de origen bacteriano. Receta pomada y colirio.
  • Miércoles día 18: el ojo empeora muchísimo. Doy mis clases como puedo y al terminar bajo a La Línea en busca de un hospital de Urgencias. La doctora de guardia cree descubrir un herpes ocular. Me pone anestesia en gotas, un colirio para dilatar la pupila y me manda al oftalmólogo al día siguiente.
  • Jueves día 19: de nuevo en La Línea. El oftalmólogo no ve ni rastro de herpes. Conjuntivitis de origen vírico. No receta nada, he de lavármelo con suero y tener paciencia.
  • Viernes día 20: infección remitiendo.
  • Sábado día 21 (hoy): Tras dos días y pico con la pupila dilatada y viendo borroso, me empiezo a mosquear.
  • Mañana: dios dirá.
Y eso es todo. Dejo una cancioncilla de Vainica Doble que me e-n-c-a-n-t-a (o sea, que me hechiza y me lleva algún lugar lejano donde poder reírme de mi hipocondría)

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16.11.09

Solitarios

Jacinto el herrero tenía un mono. Lo compró quién sabe donde, quizá a uno de los buhoneros de la capital, y decidió adoptarlo, atándolo con una cadenita al palo que había bajo la buhardilla de su casa. El animal solía columpiarse y hacer ejercicios en el palo y, como la cadena que lo mantenía seguro era más bien larga, se aventuraba también al tejado, que tenía muy próximo, para espantar a los gatos. Allí además se despiojaba, tomaba el sol y gritaba cuando le venía en gana a la gente que acertaba a pasar por allí.

Si llovía o apretaba el calor corría a meterse en la casa por el ventanuco de la buhardilla. Quedaba entonces el palo como desnudo, anudado en su extremo por la cadena, y sólo se podía adivinar al animal porque aquella, de vez en cuando, se estiraba y crujía con fuerza.

En realidad, lo que más le gustaba al monito era quedarse en el tejado, sin más, viendo pasar las nubes. Por supuesto, sus principales admiradores eran los niños. Al principio le gritaban para que hiciera cosas, y éste no solía defraudarlos, saltando y aullando. Pero después, con el tiempo, dejó de prestarles atención. Los chavales, algunos, tuvieron a bien apedrearlo, a ver qué pasaba, y consiguieron que poco a poco el mono se volviera loco ante la algarabía general. Gritaba, brincaba e incluso maldecía, imaginaban ellos, en su lengua gutural, cuando los guijarros acertaban en su escuálido cuerpo.

Jacinto el herrero tomó cartas en el asunto y, tras algunas bofetadas, logró terminar con aquella bárbara costumbre infantil. Pero el monito, ganado por la desconfianza en el género humano, se volvió a partir de entonces huraño y agresivo. Con frecuencia escarbaba entre las tejas en busca de trozos rotos, tierra o raíces de musgo y los arrojaba contra cualquiera que pasara bajo su tejado. La calle de la herrería se volvió peligrosa. Los clientes, siempre escasos, terminaron por hacerse aún más esquivos, ante la consternación de Jacinto. Y lo peor es que los vecinos comenzaron a demandar una solución ante aquellas agresiones alevosas. El herrero intentó hacer entrar en razón a su mono sin éxito; éste no atendía a razones, quizá porque no entendía de razones humanas, y siempre conseguía escaparse por entre las tablas del tejado cuando intentaba dejarlo encerrado. Un mal día, el alcalde le hizo al herrero una visita nada protocolaria. Le expuso escuetamente el problema: recibía continuas quejas, debía deshacerse del mono. ¿Abandonarlo en los campos, quizá?, masculló el pobre de Jacinto que, en el fondo, lo quería mucho, pues nunca una mujer lo había querido a él. No, no, gruñó el alcalde, abandonarlo para que se encarame a los árboles de las huertas y se coma los higos, y espíe a las labriegas mientras se bañan... no; lo que tenía que hacer era matarlo, como cuando estaba en la guerra. En el fondo se trataba de lo mismo. Y Jacinto asentía, pensativo, porque era cierto que ya había matado antes, aunque no a monos, sino a hombres. Y el alcalde asentía también, satisfecho, y decía que ahora era mejor, porque los monos no tenían alma. Ni los alcaldes, ni los niños, ni los vecinos, rumiaba Jacinto. Y así quedó la cosa. Al día siguiente llamó a su mono, que en realidad nunca tuvo nombre, lo tumbó con fuerza en una mesa que había en el piso de arriba, robusta, y con una navaja de afeitar le cortó el cuello. Después limpió la habitación y lo enterró en el patio.

A los pocos días los clientes volvieron. Uno de ellos, el señor Farra, le preguntó como quien no quiere la cosa si no hubiera sido mejor haberlo dejado encerrado en una jaula, mientras miraba de reojo los retorcidos alambres de las verjas sin vender que se apilaban tras el mostrador. Jacinto no respondió, solo cobró la trampa para ratas que le había encargado y metió las pesetas en el cajón de los tornillos. Luego guardó silencio y así se quedó el resto del día.

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8.11.09

Conversión

"El amor te convierte en rosal
y en el pecho te nace
esa espina robusta como un clavo
donde el demonio cuelga su uniforme.

Al tocar lo que amas te quemas en los dedos,
y sigues, sigues, sigues hasta abrasarte todo;
después
ya en pie de nuevo,
tu cuerpo es otra cosa,
es la estatua de un héroe muerto en algo
al que no se le ven las cicatrices."

Gloria Fuertes
El amor te convierte

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7.11.09

Noviembre

Creo que me estoy volviendo viejo, de verdad. Recuerdo perfectamente una cosa que dijo un profesor de historia que tuve hace siglos, estando yo en COU. "A vuestra edad se viven las cosas de otra manera; cuando llega uno a la madurez te das cuenta de que hay algo que se ha quedado por el camino. Ese optimismo." Era una auténtica boutade para hacerse el interesante, porque aquél tipo rondaba los 25 y nosotros teníamos 17 ó 18... pero aquello se me quedó grabado. Y hoy lo pongo aquí, y digo que es verdad, aunque solo sea porque ya le saco 10 años a aquél antiguo profesor y puedo afirmarlo sin pudor.

Doy dos clases con muy pocos alumnos, apenas 5. Nos metemos en un aula pequeñita y allí trabajamos. Siempre hay muy buen ambiente. Me gusta observarlos cuando hablan entre sí; la forma que tienen de dirigirse los unos a los otros, de reírse, de pasarlo tan bien. Imagino los lazos de amistad que los unen y me pregunto cómo evolucionarán. Yo también participo de todo ese buen rollo y realmente me cargo de energía, pero también pienso lo que dije más arriba, que ese tipo de relaciones sólo se pueden tener a esas edades. Por muy bien que me lleve con algunos amigos, definitivamente hemos perdido la chispa.
La energía es la fuerza de la vida, y los taoístas amaban la vida. Estar vivo es bueno, estar más vivo es mejor y estar siempre vivo es lo mejor.


No he leído Alicia... y creo que debería. Crecer, decrecer, perderse en un mundo maravilloso. Suena bien. Y ya sé lo que es perseguir a un conejo blanco.

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25.10.09

Mi casita

Bueno, pues ya tengo casa, la de la foto. Al final me quedé con el adosado; es muy bonita y amplia, aunque aún tengo que acostumbrarme a la soledad de los techos altos, los sonidos extraños de vecinos nada extraños, los niños jugando tras mi patio, las paredes frías.

Cuando entré en ella fue un poco angustioso. Todo me resultaba grande, y me sentía, en consecuencia, pequeño y perdido. Estoy llevando algunas de mis cosas para allá, para hacer la casa, de alguna manera, amigable.
Como con las comidas soy un desastre, creo que me apuntaré al comedor del Instituto esta semana.

Y poco más. Van pasando mis días, las clases, e imagino que hasta pasará esta primavera a destiempo. Pronto vendrá el frío, al que esperaré con mantas, radiadores y leña. ¿Cómo olerán estos bosques en invierno?

El martes pongo mi primer examen. De Geografía. A ver cómo sale. Es más complicado de lo que pensaba; por un lado me gustaría que aprobaran todos, pero por otro pienso que eso tampoco sería una buena señal. ¿Por qué? Ah, ahí está la complicación...

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16.10.09

Los primeros pasos

Llevo ya prácticamente una semana en Castellar, y tengo que decir que lo vivido hasta ahora me gusta. Me gusta el pueblo, me gusta el paraje donde se encuentra, me gusta el Instituto y, además, tengo una relación estupenda con mis compañeros de trabajo, así que estoy muy satisfecho de como han ido las cosas.
La baja que estoy cubriendo es muy larga, prácticamente todo el curso. Este tiempo lo voy a dedicar, sobre todo, a aprender. Y a estudiar, que el 2010 es año de oposiciones...

Nunca como hasta ahora me había sentido profesor de esta manera, con todas las letras. Para mí es un gustazo llegar al Instituto, dirigirme a la sala de profesores, coger mis libros, ir a clase, dar los buenos días, pasar lista, comenzar las explicaciones... y que los chicos tomen notas, subrayen, pregunten y atiendan. Bueno, no todo es idílico. Doy cuatro asignaturas distintas: Geografía, Ética, Historia de las Religiones y Nuevas Relaciones de Género (que hasta hace unos días no sabía ni que existía), y ando escaso de material. De hecho tengo que exprimirme cuál limón para sacar contenidos de las dos últimas. Aparte está que cuento con 6 grupos distintos... en fin, mucho lío. También me han hecho Jefe del Departamento de Geografía e Historia, así que más líos aún (me lo han dado no por méritos, sino porque la profe a la que sustituyo lo era).

¿Cómo son los niños? Pues en general bien, la mayoría muy sanotes. Pero de todo hay, incluso tengo un curso bastante malo... lo mejor es que este IES funciona de maravilla en temas de responsabilidad y disciplina. Los alumnos saben que portarse mal, o no hacer lo que deben, trae consecuencias desagradables.

Estos días me he quedado en casa de un compi, el Jefe de Estudios (un tipo estupendo). El lunes entro ya en mi casita, que he alquilado por 400 euros al mes. A ver qué pasa. Me ha costado mucho decidirme, llegué a ver hasta 8 ó 9... todas tenían cosas buenas y malas... la verdad es que me cuesta demasiado tomar decisiones, uff.

Y ahí estamos, en la brecha, el camino o como se quiera decir.

Estos últimos días lo he pasado, también, mal. Ha sido por otros motivos que prefiero no detallar aquí.
Pasan los días cargados de recuerdos de muchos ayeres. Pero el mañana sigue ahí, al alcance de la mano, y veo que entre lo pasado y lo que está por venir (el porvenir) hay un hilo que sé que nunca, nunca se romperá. Y eso me hace feliz, como casi todo lo que he dejado aquí escrito (y qué diferente a lo que escribí tras mis primeros días en Huelva, en marzo pasado... ay, la vida.)

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